I+D en España o la condena de Sísifo

Hace ya unas semanas que los medios de comunicación se han hecho eco de la dramática situación económica del Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIFP) en Valencia. Los recortes del presupuesto destinado al CIFP han dado lugar a un ERE que afecta a 108 trabajadores del Centro y han puesto en duda la viabilidad de dicho centro. Mientas, las administraciones central y autonómica cruzan acusaciones y alargan la agonía de investigadores y demás trabajadores del Centro. Atrás queda la inauguración en el 2005 con la promesa de convertir este Centro en una referencia en investigación en oncología, neurología y enfermedades raras. Por desgracia, lo sucedido en el CIFP no es un hecho aislado en la ciencia española. Las estadísticas nos dicen que las inversiones oficiales en I+D siguen estando lejos de los países de nuestro entorno con los que nos deberíamos comparar. Así, en el 2009, según el Instituto Nacional de Estadística, España invirtió el 1,38% del PIB en I+D. Lejos del 3,75% de Suecia, del 2,82% de EEUU o del 2,5% de Alemania. Algo más cerca estamos de Francia (2,02%) y Reino Unido (1,88%). Por desgracia, los datos de España del 2009 representan un punto máximo. Los recortes aplicados en los últimos años, a las partidas de I+D en los presupuestos oficiales, hacen prever para 2011 un descenso aniveles del 2007. Esos números pueden parecer poco significativos, fríos. Sin embargo, sus consecuencias son visibles. Es probable que si España invirtiera más del 2% de PIB en I+D, el Centro Príncipe Felipe no estaría ahora reduciendo su plantilla.

Nada de esto es una sorpresa. Estamos acostumbrados a pensar que la inversión en investigación es un suplemento en la actividad de nuestro país, algo así como un lujo, como comer caviar. Se justifica así que la crisis económica hace necesario un recorte en las partidas presupuestarias destinadas a I+D. Llegan tiempos duros y no nos podemos permitir que los científicos y los investigadores sigan jugando. Hay que ser austeros, se nos dice, para poder superar la crisis. Se nos habló de cambiar el módelo productivo, de abandonar un modelo de crecimiento “basado en el ladrillo” pero la realidad no indica ningún cambio fundamental en la mentalidad española. Los distintos gobiernos han aplicado sucesivamente incrementos muy modestos en el presupuesto. Sin embargo, los países que invierten adecuadamente en I+D, muy por encima del 2% del PIB, salen beneficiados. Superar un umbral mínimo de inversión permite obtener rentabilidad en ciencia y tecnología. Mientras que una inversión escasa, no genera ningún tipo de beneficio, y terminar por percibirse como un lujo. Es una percepción equivocada pero es fácil dejarse llevar por ella si nadie insiste en lo contrario. Conviene recordar que en el 2009, un editorial de la prestigiosa revista Nature, advertía a España que recortar en I+D en tiempos de crisis era un error que terminaría por agravar la crisis y ponía como alternativa el caso alemán, en el que pese a promover recortes generalizados para poder soportar la crisis se mantuvo intacto el presupuesto dedicado a investigación. Los números oficiales, por ahora, no parecen adecuarse a los consejos de Nature. Según Wikipedia, en el 2010, España se situaba en la posición número 26, a nivel mundial, en cuanto a porcentaje de recursos del PIB dedicados a I+D. Si hubiéramos llegado al prometido 2%, nos habríamos colocado en la decimotercera posición mundial. Eso hubiera supuesto pasar de 23 mil millones de euros a 35 mil millones de euros. Es sólo un 0.7% del PIB pero es un cantidad respetable. Por ejemplo, por poner una referencia, el presupuesto anual del Centro de Investigación Príncipe Felipe era de 25 millones de euros en el 2009, aproximadamente un 0.1% del total del presupuesto de I+D. El Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, dirigido hasta el 2009 por Mariano Barbacid, manejaba un presupuesto cercano a los 50 millones de euros en el 2010.

La situación empeora si además somos poco eficientes con el dinero que se invierte. No podemos dejar de recordar que nuestras universidades principales no logran subir más allá del puesto 150 en el ránking mundial. Hay que admitir que existe cierta polémica con este tipo de ránkings. Pero lo cierto es que, se mire como se mire, las universidades anglosajonas, nórdicas y asiáticas ocupan esos 150 primeros puestos con claridad. Está claro que la universidad española no es capaz de generar suficientes resultados de calidad para competir a nivel mundial por los puesto de liderazgo. Aunque la falta de recursos es un parte importante no lo es todos. Son muchas las voces críticas con un sistema demasiado endogámico y burocratizado y con unas reformas, como Ley de la Ciencia, que no están a la altura de la situación. Es necesario repensar la universidad española con amplitud de miras. Disponer de más recursos no servirá de nada si terminan perdiéndose en trámites burocráticos lentos y en procedimientos que no premian la calidad ni la excelencia. Mientras, muchos profesionales españoles, probablemente los mejor formados de nuestra historia, en la mayor parte a través de fondos públicos, terminan por buscar su futuro más allá de nuestras fronteras ante la excesiva rigidez de nuestro sistema público de investigación y ante la falta de medios. Con ello se pierde capital humano y no se recupera lo invertido. Cambiar de una vez por todas el modelo productivo implica entender que investigar no es un lujo y que invertir poco es casi equivalente a no invertir. En el fondo es un problema económico pero, principalmente, es un problema de visión o de falta de ella.

Sin embargo, muy a mi pesar, me siento como Sísifo, cada día empujando la piedra para que al final del día vuelva a caer y todo siga igual. Y por mucho que corra, por mucho que empuje, la piedra nunca llega a la cima. Aunque no creo que los científicos hayamos nunca engañado a nadie. Pero, aún así, parecemos estar condenados a repetir siempre la misma tarea a la espera que algún dios nos escuche.

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